Fragmentos de Chico Méndez

Don Chico se vino jovencito a Costa Rica, desde su natal Rivas. Venía con una mano atrás y otra adelante, imagino yo. Llegó de la mano de mi abuela Zoraida, quien fue su compañera fiel durante casi 60 años. Ambos se asentaron en Quepos, en ese entonces una tierra donde se llegaba únicamente por tren o luego de tortuosas horas en lancha en medio del mar abierto, de ese Pacifico Central que cambia de humor como si nada. 

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Era carismático, amiguero y poseía un olfato fino para hacer negocios. Poco a poco fue construyendo un pequeño imperio. Compraba y vendia propiedades. Sembraba sus fincas y vendía. Alquilaba inmuebles. Pero a pesar de su bonanza, nunca dejo de tener gustos sencillos. Andaba en la calle con un pantalón caqui gastado, guayaberas celestes o blancas y unos zapatos maltrechos pero que eran los que le quedaban cómodos. Podia haber comido fino, pero prefería plátano maduro con queso ahumado, su buen pedazo de cerdo frito y el infaltable fresco de marañón o pinolillo. 

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Tenía la manía de perderse por horas. Durantes esos veranos ardientes en la casa de Quepos, lo veía cambiarse las chinelas por el par de zapatos y salir sin rumbo. Pasaba un largo rato y no llegaba, hasta que aparecía con una sandía en los hombros, con una bolsa de carne para que mi abuela la preparara o sólo con una gran sonrisa. "Hola mamiiiiita' me decía con esa voz de trueno apagado, que era capaz de emitir carcajadas sonoras que se oían a lo lejos. Otra vez, en un viaje familiar a Ciudad de Panamá se escabulló del hotel y se perdió solito. Nadie sabía donde estaba y hubo que esperar a que le diera la gana aparecer. 

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Cuando íbamos a visitar a los abuelos, solía encontrarlo sentado en su cama. Una pierna doblada y la otra apoyada en el piso. La baraja de naipes bailaba entre sus dedos, y formaba filas de cartas, que luego recogía con agilidad en esas largas partidas de "solitario". Me veía llegar y me sonreía con esos dientes blancos, donde sobresalía un único diente enchapado en oro. Al estamparle el beso en el cachete, me quedaba su olor rondando en la nariz por mucho rato.  Al momento de despedirnos, luego del abrazo riguroso, se sacaba un billetito de la bolsa de la camisa y me lo ponía en la mano. Con esos billetitos me compré miles de golosinas, refrescos y antojos que me hacen recordarlo como un abuelo alcahueta.

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Mi mamá dice que mi abuelo Chico era muy liberal, que nunca se las dio de padre machista o castroso; que cuando alguna de sus cuatro hijas se ennoviaba, la preocupación no era que perdieran su "pureza", sino que no aprovecharan las oportunidades de estudiar. La gente no es como es, sino como se le recuerda, y creo que por eso que mi madre y mis tías lo tienen todavía en un pedestal. 

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Mi abuelo no era un santo. Por lo que sé, se mandó sus cagadas de vez en cuando y era de "ojo alegre". Nada tan grave eso sí como para dejar de ser amado. 

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Nunca nos sentamos a conversar largo y tendido, y es de las cosas que lamento,porque me hubiera encantado saber más sobre su vida, que me la contara él mismo. Lo poco que se de él es por mi madre, por mis tías y por mi abuela, que le sobrevivió por 15 años más. Si algo le debo a su muerte, es haber aprovechado mejor a mi abuela Zoraida. A ella le pude preguntar más cosas, ella me pudo dar más consejos, y ambas nos regalamos más abrazos y besos. 

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Don Chico murió de un corazón roto, literalmente. Su yerno más querido murió en la mañana y a él le dolió tanto el llanto de su hija y sus nietas, que su corazón, ya muy maltrecho, reventó en la noche y se juntó con el polvo de estrellas. 

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Cuando hablo de Chico Méndez, sólo puedo hablar en fragmentos. No tengo una historia lineal de su vida, sino puros pedacitos que junto en mi memoria para no olvidarlo, puras imágenes sueltas que armo a manera de rompecabezas para formar al patriarca, a ese viejo mañoso, afable y amoroso que tuve la gran fortuna de tener como abuelo y que hoy mora en una de las habitaciones que tengo en el corazón.

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