Cuando pienso en mi abuela paterna, pienso en Hortensia Mora Mora. No fue mi abuela biológica, pero sí lo más cercano a ello.
Cuando nací, la abuela Gertrudis, la mamá de mi papá, tenía por lo menos 5 años de haber muerto y no tengo recuerdos de ella, a excepción de un par de fotografías viejas y descoloridas. Tampoco conocí a mi abuelo Octavio, quien murió cuando yo aún no aprendía a caminar. Ambos son rostros extraños y desconocidos. Nada me une a ellos más que la genética entonces siempre he sentido un pequeño vacío en mi árbol genealógico, porque si me preguntan sobre mis abuelos siempre pienso en los papás de mi mamá, a quienes sí quise y con quienes tengo muchas memorias compartidas. Pero también pienso en Tenchita.
Era bajita, rechoncha y con unos ojillos chispeantes y brillosos. Siempre vestía de chaleco. Cuando llegó a vivir a mi casa ya tenía el cabello platinado y nunca pude imaginarla joven. No sé mucho de su historia, sólo que en su juventud trabajó en la casa de mis abuelos y cuidó de mi papá cuando era un niño. Tenía el rostro surcado por miles de arruguillas en una tez morena, que se interrumpía por una gran marca negra en una mejilla. Si la memoria no me falla, en algún momento nos contó que esa marca no era un lunar sino una quemada de cigarrillo.
Le gustaba mucho ver televisión y en su ingenuidad, no entendía como un actor o actriz podría salir en una serie a las 4pm y luego en la que seguía a las 5pm. "¡Pero ese acaba de salir ahi! ¿Cómo es que ahora está allá?". Podía pasar horas de horas frente a la pantalla y nunca se aburría. Ya tarde la noche, la veíamos levantarse del sillón cuadrado y arrastrar los pasos hacia su habitación, que estaba junto a la cocina.
En las mañanas preparaba tortillas palmeadas. Si había un alimento que ella adoraba por sobre todas las cosas era la tortilla de maíz casera. Acompañaba todas las comidas con una tortilla y cuando digo todas, eran todas. Una vez que mi mamá preparó pizza, ella no dudó en juntarle su pedacito de tortilla para hacerse un gallo y se extrañó de que a nosotros nos diera risa la ocurrencia.
Por las tarde, hacía café y arepas. Eran unas arepas grandes, delgaditas, atiborradas de mantequilla y azúcar. En dos platos, las mejores arepas del mundo. Además de su comida, recuerdo su olor. No un olor que pueda describir, pero sí puedo evocarlo en mi memoria. Si tuviera que ponerle nombre, posiblemente diría que olía a arepas dulces y a café caliente.
Tencha vivió con nosotros por varios años de manera intermitente. A como llegaba, se iba. Se quedaba por meses en la casa, y creo que quizá en algún momento pasó del año pero no es algo que recuerde con precisión, porque para esas épocas mi noción del tiempo se limitaba a saber cuando me tocaba jugar, cuando me tocaba dormir y cuando me tocaba comer.
Ella me enseñó, sin querer por supuesto, el concepto del masoquismo. Teníamos un juego llamado "chilillo", en el cuál ella se sentaba en medio de la sala de televisión con un cinturón en la mano, y mi hermana y yo corríamos a su alrededor como un par de locas. La que era alcanzada por el cinturón, perdía. Ahora que recuerdo esto, me da un poco de pena lo desconsideradas que éramos al ponerla a estirar los brazos yla espalda para darnos de fajazos, por mera diversión.
Era una mujer muy derecha y responsable. Muchas veces se quedó cuidando la casa, cuando salíamos de paseo en las vacaciones. Me contó mi mamá que en una de esas recibió la noticia de la muerte de su hijo Tuto. Antes de salir, consiguió a alguien de confianza que se hiciera cargo de la tarea que le habían encomendado. Ni la muerte de un retoño le quitó el sentido del deber. No estoy exaltando el deber ante la familia, pero me parece una anécdota que habla mucho de su integridad y de lo que ella veía como correcto.
Un día se fue y ya no volvió más. Bueno, sí volvió, pero de manera espóradica, para hacer visitas ocasionales. Esa época coincidió con mi entrada en la adolescencia. Como la típica puberta, no me pasaba por la mente que cada vez la iba a ver menos y que un día simplemente iba a ser el último, y luego de ahí, no estaría nunca más a su lado.
La última vez que la vi estaba en un asilo de ancianos. Yo tendría unos 20 años. Ella estaba perdiendo la memoria y no se acordaba mucho de mí. Estaba igual que siempre, con el pelo un poco más blanco, los ojillos chispeantes y la manía de mascar o acomodarse la dentadura. La saludé efusivamente y ella me devolvió el saludo, pero me dí cuenta que lo hizo por reflejo. Su mente andaba lejos de ahí.
Hace un par de semanas mi mamá me contó que ella había muerto hacía apenas unos 3 años. Yo no lo podía creer, porque en mi mente yo estaba segura que tenía al menos 15 años de haberse ido. Los recuerdos pueden ser falsos y traicioneros. Murió en el hogar de ancianos de Palmares, posiblemente con casi 100 años de edad.
Escribo estas líneas porque no quiero olvidarme de Tencha, la abuelita postiza que tuve y que recuerdo con amor. Pienso en ella y la veo en medio del jardín, entre flores y abejas, que se deleitan con su olor dulce a café.